jueves, 22 de noviembre de 2007

Sueños






iba a hablar de los sueños y todo eso. Porque me pasa que siempre sueño caleta y sueños muy vividos y elaborados, y la mayoría de las veces me acuerdo de todo, lo que es bueno, porque según parece nunca nadie se acuerda de lo que soñó. Pero seguro que me acuerdo porque la mayoría de mis sueños si no son muy entretenidos, son un poquito perturbadores.

Como el otro día que soñé con un pobre gato que me iba siguiendo y yo estaba como escapando de un edificio demasiado gigante, y me metí en un ascensor y el gato alcanzó a meter solamente la cabeza, y vi como la cabeza del gato iba subiendo (porque el ascensor iba bajando) hasta que dio con el tope del techo y cayó con un feroz maullido, había mucha sangre y fue horrible, casi lloré en el sueño, si no fuera porque estaba muy ocupada subiendo y bajando pasillos, ahora que me acuerdo era un colegio, pero da lo mismo, porque sería muy largo contar el sueño completo.


Otro día soné que una lechuza gigante me iba a buscar a mi casa y me llevaba volando y me contaba las verdades mas crudas de mundo.


Lo mejor de mis sueños es que se repiten los lugares y los personajes bastante seguido, así que tengo como un mapa mental de mis sueños, por un lado esta la playa y el puerto, mas aya esta el desierto, abajo esta la ciudad, que esta como en ruinas y la gente vive en la oscuridad, como ratas, y por el otro lado esta el zoológico-piscina, que da también a unos jardines-laberinto que conducen a una especie de construcción helénica y a unas pirámides.


Otras veces me pasa que pienso mientras sueño, o que mientras duermo elijo con qué quiero soñar, por ejemplo, si no me gusta lo que pasó en mi sueño (porque siempre son con trama, estilo película), elijo un final distinto.


bueno podría seguir así horas y horas, pero tengo mucho sueño y me voy a dormir.

y a soñar tal vez

:)

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Un desconocido silba en el bosque

Un desconocido silba en el bosque.
Los patios se llenan de niebla.
El padre lee un cuento de hadas
y el hermano muerto escucha tras la puerta.

Se apaga en la ventana
la bujía que nos señalaba el camino.
No hallábamos la hora de volver a casa,
pero nos detenemos sin saber a donde ir
cuando un desconocido silba en el bosque.

Debíamos decir que ya no nos esperen,
pero hemos cambiado de lenguaje
y nadie podrá comprender a los que oímos
a un desconocido silbar en el bosque.

(Jorge Teillier)

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Trato de ser tolerante, pero secretamente odio que me digan que no entienden la poesía, mas encima con esa cara (así como con asco de que una persona diga tantas tonteras en vez de hacer algo "productivo") Lo peor es cuando se ríen, porque piensan que es tonto. La verdad es que no es que "no entiendan", es que no quieren simplemente, porque creen que es una soberana perdida de tiempo.
hay que ser tolerante y todo, pero me entra una frustración cuando me dicen eso.
porque las cosas tan obvias como que no se pueden explicar.

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hace frío :

jueves, 15 de noviembre de 2007

Continuidad de los parques



“Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se pudo a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concentraban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por un chicotazo de una rama. Admirablemente restrañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetirlas ceremonias de una pasión secreta, protegido por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arrollo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura del otro cuerpo que era necesarios destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba a norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma la malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela”.


Julio Cortazar.